L'EMPORDÀ

Piedra sobre piedra: retrato de una comarca imposible de resumir.

Un territorio en el nordeste de Cataluña donde la luz, el viento y cinco mil años de historia conviven sin estridencias.

 

Alguien me dijo una vez: «Deberías explicar qué es l'Empordà». Y tenía razón. Si no has vivido aquí, o no has pasado tiempo suficiente, hay cosas que quizás desconozcas y que merece la pena contar. Pero cuando me puse a ello, un peso enorme me cayó encima: ¿cómo explicar todo lo que es l'Empordà en una sola entrada de blog? Imposible. Demasiado. Al final, una mañana, me sacudí la pereza y las dudas y empecé por hacer una lista de sus rasgos más característicos. Y salió una lista muy larga. Madre mía. Venga, vamos a intentarlo.

En lo primero que pensé fue la luz. La luz de esta tierra que el Mediterráneo, los vientos y las sierras que la rodean mezclan hasta componer una paleta única. Para el viajero que llega por primera vez, es la iniciación, el primer golpe con l'Empordà. «Es la luz del Mediterráneo», dirás. Sí, claro, pero no del todo. Hay una parte de eso, sí, pero es la mezcla, la simbiosis entre elementos distintos lo que le da ese carácter diferencial. Una luz que solo entiendes cuando cruzas sus campos o paseas por sus calles empedradas. Una luz que los pintores —y Dalí el primero— convirtieron en obsesión.

L'Empordà es como los cohetes de fuegos artificiales, suben al cielo casi invisibles, pero cuando estallan descubres todo lo que llevan dentro: una multitud de colores, formas, sonido y fuego.

Y esa explosión tiene dos tiempos, dos almas que conviven y se buscan. El Alt Empordà, más ventoso, mineral y abrupto, con una luz cortante y una energía casi telúrica. Y el Baix Empordà, más suave, agrícola y mediterráneo, ondulado entre viñas, masías y pueblos medievales. Áspero y delicado, salvaje y amable: esa dualidad es una de las claves de su carácter.

Los vientos que forjan el carácter

Y los vientos. Los vientos que forjan el carácter de la comarca y de su gente. No hablamos solo de la Tramuntana, la reina del norte, viento de cambio que limpia, purifica y es en buena parte responsable de esa luz única que decíamos. Hablamos también del Llevant, el viento húmedo del mar que, cuando sopla con fuerza, recuerda a los humanos el poder del Mediterráneo. O del Garbí, mucho más amable, procedente del suroeste, que hincha las velas las tardes de verano. Otra vez la mezcla: los vientos fuertes y poderosos dan paso a brisas que atemperan la tierra y a los hombres.

El clima es amable, con mucho sol, un sol de vida que entra en verano e invierno directamente a las casas sin pedir permiso. Desvergonzado, nos llena de energía y alegría y cautiva a los forasteros.

Un paisaje que no se deja resumir

Sierras, macizos, bosques, acantilados y calas dormidas, playas inmensas y campos trabajados con esfuerzo, los aiguamolls como refugio y lugar de encuentro, los ríos que llegan orgullosos a su destino, l’alzina surera (alcornoque) el olivo y la viña como fuentes de riqueza, pero también como cuadros delicados de este museo natural que es l'Empordà. No hay nada más artístico que los troncos de los olivos viejos. Los años van amasando la madera, también las podas, y al cabo de décadas emergen como esculturas.

El paisaje va mudando paso a paso, rincón tras rincón, como una sucesión de diapositivas. En pocos minutos puedes pasar del bosque mediterráneo a la arena de una pequeña cala, de las dunas a pie de playa a campos pintados de colores según la época del año: el amarillo de la colza en primavera, el dorado de la cebada o los tonos azules de la alfalfa cuando llega el calor.

De la suavidad y calidez de los márgenes y caminos flanqueados por muros de piedra seca —con la silueta de un pueblo medieval dibujada bajo la luz dorada del atardecer, Pals, Peratallada— a la dureza de las formas retorcidas e imposibles de las plantas y piedras del Cap de Creus. Aquí, de las rocas más expuestas al norte, mirando de frente a la Tramuntana, se alza orgullosa una pequeña hierba que no suele pasar de un palmo. Es la seseli farrenyi, una planta estrictamente endémica de este punto y que es la especie más amenazada de Cataluña. De momento resiste, orgullosa y salvaje, luchando contra el viento y los turistas.

No hay un solo paisaje característico de l'Empordà. Quizá podemos definir un paisaje común de la Toscana o asociar la lavanda al paisaje de la Provenza. Pero aquí no, un montón de rasgos distintos y contrapuestos a veces, hacen que esta comarca tan singular te atrape irremisiblemente.

Piedra sobre piedra: cinco mil años de historia

La mano del hombre desde la prehistoria también ha forjado esta tierra, dejando un patrimonio único que se ha construido piedra sobre piedra. Porque quizá la piedra es lo que mejor explica la riqueza cultural y arquitectónica que tenemos. Desde las construcciones megalíticas que nos transportan al neolítico final y el calcolítico —entre el 3500 y el 1800 a.C. aproximadamente— hasta las masías rehabilitadas que hoy conviven con el siglo XXI. Los restos megalíticos los encuentras cruzando el territorio de sur a norte, de norte a sur, de las Gavarras a la Albera: dólmenes, menhires, cistas. Hace al menos cinco mil quinientos años que el hombre reconoció esta tierra como un lugar idóneo para vivir.

Los indigetes fueron los siguientes en dejar huella. Este pueblo íbero, uno de los más importantes de Cataluña, dejó su legado principalmente en la magnífica ciudad fortificada de Ullastret, el asentamiento íbero más grande de Cataluña y capital de la tribu entre los siglos VI y II a.C. Quizá sean la parte más misteriosa y olvidada de la historia empordanesa y convendría revisarlo.

Los griegos llegaron al Empordà en el siglo VI a.C., fundando la colonia de Empúries como punto comercial clave. Empúries y el puerto de Rodes en Roses fueron los puntales de la cultura y el comercio: los indigetes copiaron las técnicas de cerámica griegas y crearon un estilo propio, decorándolas con pintura blanca. También elaboraron joyas, trabajaron el hierro, tejieron lana y lino y acuñaron monedas con la leyenda Untikesken: «de los indigetes».

Pero un gran acontecimiento de la historia golpeó de frente el destino de estos pueblos. Aníbal cruzó los Pirineos, los romanos pidieron permiso para desembarcar en Empúries, y así, en el 218 a.C., llegó el general Cneo Publio Cornelio Escipión. Grandes nombres de la Historia pasaron por el Empordà y cambiaron su curso. Lo que quedó es inmenso: la lengua —el catalán nació del latín vulgar que hablaban soldados y colonos—, el derecho, el urbanismo, las calzadas, la tríada mediterránea del vino, el aceite y el trigo. Y Empúries: la ciudad romana construida junto a la ciudad griega, un conjunto patrimonial de visita obligada.

Luego llegó la Edad Media, y con ella el románico. Piedra sobre piedra, otra vez. Sant Pere de Rodes, consagrado en 1022, es una pieza única en el mundo: utiliza un sistema de dobles columnas superpuestas con capiteles de influencia califal y corintia casi inexistente en otros lugares de Europa. Santa Maria de Vilabertran, Castelló d'Empúries —la «Catedral del Empordà»—, el castillo de Montgrí construido por Jaume II y dejado inacabado, dándole ese aspecto de fortaleza vacía que domina el paisaje. Y los pueblos medievales: Pals, Peratallada, Monells,,, con sus tramas intactas, sus torres del homenaje, sus fosos excavados en la roca y sus plazas porticadas.

La piedra seca es mucho más que una técnica constructiva. Es el alma del paisaje del Empordà, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2018.

Kilómetros de muros levantados sin argamasa, sin cemento, sin nada que no sea el encaje preciso de las piezas y la fuerza de la gravedad. Los campesinos limpiaban los campos de piedras para poder cultivar y en lugar de desecharlas las apilaban para crear márgenes, terrazas, barracas donde guarecerse de la lluvia y la Tramuntana. Hoy, los huecos entre las piedras son el hogar de insectos, reptiles y pequeñas plantas. Los muros son permeables, dejan pasar el agua lentamente, evitan la erosión. Son una arquitectura humilde y anónima que demuestra una integración perfecta entre el hombre y la naturaleza.

Las masías: el corazón rural de l'Empordà

Las masías de l'Empordà no son solo edificios: son una manera de entender el territorio y la vida. Esparcidas entre campos de trigo, olivos y colinas suaves, estas construcciones de piedra han modelado el paisaje durante siglos. Son memoria, trabajo, familia e identidad. Son, sobre todo, un diálogo constante entre el ser humano y la tierra.

Un rasgo cultural singular explica por qué muchas masías crecieron en lugar de dividirse: el sistema del hereu o la pubilla, el heredero único que recibía la casa y las tierras para mantener la fuerza económica de la familia. Cada ampliación es, en cierto modo, una capa de memoria. El portal adintelado, las ventanas pequeñas con dinteles de piedra, los festejadores interiores, los relojes de sol: todo habla de una manera de vivir pausada, funcional y conectada con los ritmos naturales. Hoy muchas masías se rehabilitan respetando la estructura original, pero con interiores contemporáneos, convirtiéndose en refugios culturales y emocionales para quienes buscan un estilo de vida más lento y coherente.

Y si las masías explican la historia, los talleres que hoy se esconden en ellas explican el presente. El Empordà se ha convertido en un refugio discreto para creadores contemporáneos: ceramistas, diseñadores, arquitectos, fotógrafos, músicos. Un territorio que inspira y que permite trabajar con calma, lejos del ruido, convirtiéndose en un laboratorio creativo donde tradición e innovación conviven sin estridencias.

Cultura viva: de Dalí a los artesanos

El Empordà es un territorio donde la cultura no se exhibe: se respira. El Teatro-Museo Dalí de Figueres —el objeto surrealista más grande del mundo— y la casa-taller de Portlligat son la punta más visible de un iceberg enorme. Hay museos de primera línea: el Thyssen de Sant Feliu de Guíxols, la colección de Can Mario en Palafrugell, el Museu de la Mediterrània en Torroella. Hay galerías de arte contemporáneo en Cadaqués —refugio histórico de artistas de vanguardia— y centros culturales independientes repartidos por toda la comarca: galerías en un palacio, la Alzueta Gallery en Casavells o el espacio Enlace Art in Progress en Serra de Daró, un pueblo que no llega a 250 habitantes.

Y hay artesanos: ceramistas de la Bisbal —capital catalana de la cerámica—, trabajadores del corcho en Palafrugell, ebanistas que trabajan el olivo, el castaño y el alcornoque. Vidrio, barro, piedra, telas… En el Empordà la ecuación es simple: si hay un material, hay un artesano.

Y los festivales. El Festival de Peralada, con ópera y danza en un castillo rodeado de jardines. Cap Roig, conciertos de verano sobre un jardín botánico frente al mar. La Cantada d'Havaneres de Calella de Palafrugell: una de las noches más emblemáticas de la Costa Brava, con havaneres, ron quemado y un ambiente que forma parte de la memoria colectiva catalana. O la Dansa de la Mort de Verges, una tradición medieval única en Europa representada cada Jueves Santo. Sobrecogedora.

La mesa y la tierra

La gastronomía empordanesa es una de las más antiguas y definidas del Mediterráneo. Josep Pla la describía como una cocina «honesta, sabrosa y sin artificios». Su rasgo más característico es el mar i muntanya: pollo con cigalas, albóndigas con sepia, pescado con setas. Una fusión que refleja un territorio donde pescadores y payeses han compartido mercados, ritmos y necesidades durante siglos.

Las anchoas de l'Escala, los arrozales de Pals, el aceite de la variedad argudell, la gamba de Palamós, los erizos de mar, el pan con tomate hecho con calma. Y el vino: la D.O. Empordà nace entre viñas que miran el Mediterráneo y reciben la Tramuntana, un viento que favorece la salut de la uva y da carácter a los vinos. El lledoner (garnacha) y el Samsó (cariñena) como variedades emblemáticas. Pequeñas bodegas familiares, proyectos biodinámicos y recuperación de variedades antiguas.

La cocina empordanesa también ha sido motor de innovación: desde la tradición hasta la vanguardia que nació en El Bulli, uno de los laboratorios gastronómicos más influyentes del mundo. 

La vida hacia afuera

En el Empordà, la vida no transcurre solo dentro de casa: transcurre fuera. En las plazas, en los mercados, en los patios, en las terrazas, en los caminos que unen pueblos. Es una manera de vivir que viene de lejos, arraigada al clima, al paisaje y a la cultura mediterránea. El exterior no es un complemento: es una extensión natural del hogar y de la vida social.

Los mercados de Palafrugell, La Bisbal, Torroella, Palamós o Sant Feliu, son mucho más que lugares donde comprar. Son espacios de encuentro, de conversación, de ritmo lento. Aquí se mezclan payeses, pescadores, artesanos, vecinos y visitantes. El mercado es un ritual semanal que mantiene viva la relación con el producto local y con la comunidad.

Todo el mundo quiere tener en casa una terraza, un patio o un jardín. Y no es casualidad. La casa mediterránea siempre busca abrirse hacia afuera. Es una arquitectura que necesita respirar, que necesita luz y que necesita relacionarse con el paisaje. Una ventana aquí no es solo una abertura: es una manera de conectar con el mundo.

Y todo esto —la luz, la piedra, la cultura, la vida en el exterior— es frágil. La presión turística, el cambio climático, la pérdida de oficios y la transformación del territorio son retos reales. Preservar los aiguamolls (humedales), los muros de piedra seca, las masías, los caminos de ronda y los espacios naturales no es solo una cuestión ecológica: es una forma de proteger la identidad. El Empordà es un patrimonio vivo, y su continuidad depende del equilibrio entre disfrutarlo y cuidarlo.

Y aun así, incluso después de todo esto, me dejo cosas.
Me dejo los modernismos discretos de algunas villas costeras, las cuevas prehistóricas escondidas entre alzines, los pueblos que conservan su judería medieval, los amaneceres de invierno en calas escondidas, la niebla de octubre sobre los arrozales de Pals, el silencio del Cap de Creus cuando la Tramuntana amaina. O las Islas Medes, un último esfuerzo del macizo del Montgrí por no desaparecer en las aguas del Mediterráneo.
Me dejo los caminos de ronda que serpentean entre acantilados —no por olvido, sino porque merecerían un capítulo entero— y las pequeñas zonas vírgenes que resisten, casi milagrosamente, la presión del tiempo y de los hombres.

Pero si tuviera que quedarme con una imagen, sería esta: un muro de piedra seca al atardecer, sin argamasa, sin cemento, levantado con las manos de alguien que ya no está, un muro que lleva en pie quinientos años y que seguirá aquí cuando nosotros también hayamos pasado.
Piedra sobre piedra.
Así se construyó esta tierra.

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